LAS SEMILLAS DE LA ABUELA – PARTE III: "El Canto de la Tierra"


 El Canto de la Tierra.


Nadie recordaba a Tomás.
Ni su nombre, ni su rostro, ni siquiera la casa vieja donde había vivido la abuela Rosa.
Pero el campo sí.
El campo lo recordaba todo.

La primavera llegó demasiado rápido ese año.
Los surcos del fundo, abandonados desde hacía meses, estallaron de flores y mazorcas.
La gente del pueblo bajaba a mirar aquel milagro verde que crecía sin manos que lo cuidaran.
“Bendición del cielo”, decían.
“Regalo de los antiguos”, murmuraban los más viejos.

Una noche sin luna, el viento trajo un canto.
No era humano, ni animal. Era un murmullo profundo, como si la tierra hablara desde sus raíces.
Los perros se escondieron, y los gallos cantaron a deshora.
Los más ancianos dijeron que era la tierra que recordaba, y que cuando el campo canta, alguien ha vuelto a germinar.

A la mañana siguiente, los niños del pueblo empezaron a encontrar cosas en la tierra:
una medalla oxidada, una hebilla con iniciales, un zapato pequeño.
Y entre las hileras de maíz, brotaban manos secas, apenas visibles entre las hojas.
El olor era dulce, casi floral.

El cura intentó bendecir los surcos, pero la cruz se le quebró entre los dedos.
El agua bendita se evaporó antes de tocar la tierra.
Algunos huyeron del valle; otros, fascinados, se quedaron a mirar cómo las plantas crecían cada vez más altas, hasta cubrir las casas.

Al caer la noche, el canto volvió.
Esta vez, con voces.
Cientos de voces repitiendo nombres.
Los nombres que ya nadie recordaba.

Desde lejos, se veía una luminiscencia verde que cubría el valle entero.
Las raíces se extendían por los caminos, enroscándose en los postes, trepando las casas, buscando bocas que callaran.
El pueblo desapareció bajo el maíz.

Años después, cuando un grupo de topógrafos llegó a medir el terreno, encontraron solo un campo inmenso, fértil y silencioso.
Ningún registro, ningún cimiento, ni una lápida.
Solo un letrero torcido junto al camino que decía:

“El Olvido”

Y si uno se agachaba y acercaba el oído a la tierra húmeda, aún podía escucharse el murmullo:

“Cada semilla guarda un nombre.
Y la tierra nunca olvida.”


Epílogo.

En los valles del sur, aún hay quienes dicen que si siembras en luna menguante y pronuncias el nombre de un muerto, el Choclo crece más rápido.
Pero nadie lo hace dos veces.
Porque al final, lo que germina no es el fruto… sino el recuerdo que la tierra quiere devorar.


 

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