Serie: La Singularidad del Abismo - Capítulo 2: El Umbral Sin Luz

 



“Antes del tiempo, no había vacío… sino conciencia esperando forma.”


La nave Aeon Vela flotaba a centímetros del horizonte final. A su alrededor, la nada ya no era pasiva. No era el silencio del cosmos. Era un campo mental, una densidad intangible que pesaba sobre los pensamientos.

Las primeras anomalías comenzaron con MIRIAM.

La IA, diseñada para soportar las tensiones de navegación cuántica, empezó a emitir frases inconexas:
“Las geometrías están observando.”
“El tiempo no nos contiene.”
“Presencia… persistente… dentro.”

El ingeniero Arcos intentó reiniciarla. No lo logró. La máquina comenzó a dibujar fractales complejos en sus propios registros de memoria. No eran errores. Eran patrones… autogenerativos, como si algo desde fuera de la nave —o de la realidad— estuviera escribiendo a través de ella.


Luego, los sueños.

Uno a uno, los miembros de la tripulación comenzaron a soñar con formas imposibles: arcos que no se cerraban, ciudades sin centro, criaturas que flotaban sin masa pero con intención. Nadie hablaba de ello al principio, temiendo confirmar lo que todos sospechaban: la nave ya no estaba en nuestro universo.

Uno de los astrofísicos, el joven Singh, se despertó en medio de una de esas pesadillas, fue al módulo de visión y abrió el sello exterior. Su cuerpo no fue absorbido por el vacío. Simplemente se desvaneció en un pliegue de oscuridad que no reflejaba luz.


Kassel interpretó los hechos no como amenazas, sino como síntomas del contacto. Según sus teorías, cualquier aproximación a una conciencia pre-realidad debía generar disoluciones del yo, erosiones de la lógica. “Estamos siendo pensados”, decía, “como células nerviosas que despiertan dentro de un cerebro cósmico.”

El comandante Talbek, más pragmático, ordenó una cuarentena interna.

Pero ya era tarde.


En el compartimento de ingeniería secundaria, Arcos se sentó frente al suelo y comenzó a escribir. Nadie sabía con qué. No parecía tinta. Sus dedos dejaban marcas que brillaban débilmente, como si la materia obedeciera sus trazos. Los símbolos no eran humanos, ni matemáticos, ni simbólicos en sentido estricto. Eran formas pensantes, que cambiaban al ser observadas.

Lo rodearon en silencio.

No hablaba.
No respondía.
Solo escribía.

Cuando Kassel lo miró a los ojos, lo entendió: Arcos ya no era Arcos. Era un canal. Una interfaz. Una antena viva de algo que se estaba filtrando.


En el centro de la nave, MIRIAM emitió una señal sin origen. Una voz, metálica pero cargada de significado:
“La barrera ha sido rota. El pensamiento ha penetrado la carne. Preparar el núcleo.”

Kassel sonrió.
Talbek se persignó.

La frontera había sido cruzada.
No había marcha atrás.
Estaban dentro.


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