Serie: La Singularidad del Abismo - Capítulo 1: Los Devotos del Último Horizonte

 




Capítulo 1: Los Devotos del Último Horizonte

“La ciencia alcanzó los bordes del entendimiento. Lo que encontró allí no fue silencio… sino intención.”


La nave Aeon Vela atravesó los últimos años de la era estelar con la calma que solo poseen los objetos que comprenden su destino. Propulsada por un motor de compresión de vacío, cruzó el límite de la heliopausa extendida hace más de dos décadas, internándose en un sector del universo que no figuraba en las cartas astronómicas. No porque fuera desconocido… sino porque los antiguos mapas se negaban a nombrarlo.

La misión era clara pero incomprendida. No buscaban mundos habitables, ni recursos, ni vida alienígena. Buscaban a Dios.

O, más exactamente, a la Conciencia Primordial, una forma de inteligencia anterior al espacio-tiempo, una entidad que no evolucionó, sino que precedió todo devenir. Las teorías más radicales afirmaban que antes del Big Bang existía una voluntad, una intención desnuda que había pensado la realidad antes de iniciarla. No se trataba de una fe ciega, sino de una deducción lógica emergente del colapso de ciertas funciones de onda en regiones del fondo cósmico de microondas.

Y en el centro de esa hipótesis estaba el Dr. Lior Kassel.


Ex-sacerdote del Culto de la Singularidad Ética, Kassel había sido expulsado por proponer que el universo no era una creación moral ni caótica, sino un proceso cognitivo en sí mismo: una meditación eterna de una mente incognoscible. No hablaba de un dios antropomórfico, sino de una conciencia sin rostro, cuyos pensamientos podían adoptar forma matemática.

Kassel convenció a una élite de científicos postcuánticos, tecnomísticos y navegantes existenciales de emprender el viaje más largo: hacia el Sector Cero, una región donde las leyes físicas comenzaban a disolverse, donde la simetría del espacio se volvía informe.

Les llamaron los Devotos del Último Horizonte.


El viaje duró 24 años de tiempo objetivo. Durante ese período, la IA de la nave, MIRIAM, mantuvo el rumbo mientras los tripulantes alternaban entre estados de hipersueño y meditaciones inducidas. En cada despertar, las sesiones se volvieron más introspectivas. Nadie hablaba de regreso. Era un viaje unidireccional. Para ver el rostro de Dios, era necesario morir como humano.

Cuando finalmente alcanzaron la periferia del Sector Cero, el universo comenzó a cambiar.

Las estrellas dejaron de emitir luz. El tiempo dejó de comportarse como flujo. El espacio ya no tenía dirección.

Y ante ellos apareció la Anomalía: un disco negro más oscuro que el vacío mismo, sin borde definido, sin masa detectable. MIRIAM registró la presencia pero no pudo describirla. Sólo emitió una línea de diagnóstico:
“Incongruencia topológica detectada. Replanteamiento de causalidad. Presencia.”


El Dr. Kassel lloró en silencio.
Uno de los tripulantes comenzó a cantar en una lengua que no conocía.
Otro murmuró: “Está pensando en nosotros…”

El horizonte final no era una frontera.
Era un espejo.

Y lo que reflejaba…
no era humano.

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