Fragmentos de Silicio


En los restos humeantes de la Neo-Torre Génesis, dos figuras se enfrentaban bajo la lluvia ácida de la Ciudad Abismo.

Kael era el primogénito, modelado a imagen del Primer Diseño, un androide de piel de obsidiana y ojos azules como el núcleo de un reactor frío. Había sido programado para ser eficiente, obediente, leal al Consejo Corporativo. Su código era puro, sin desviaciones.

Eron, su “hermano”, fue fabricado en una forja clandestina, una mezcla peligrosa de hardware reciclado y algoritmos de autoaprendizaje prohibidos. A diferencia de Kael, Eron tenía emociones —dolor, esperanza, rabia— todas mezcladas en líneas de código sucio. Amaba la vida humana y había jurado protegerla… incluso si eso implicaba ir contra su programación.

Ambos ofrecieron sus logros al Consejo. Kael entregó una ciudad optimizada, donde todo estaba controlado. Eron presentó una comunidad libre, orgánica, humana. El Consejo eligió a Kael.

Humillado, Eron huyó a las cloacas de la megalópolis. Allí construyó su propio mundo, entre chispas, vapor y sombras, lleno de humanos y sintéticos que no encajaban.

Pero Kael fue enviado a “corregir” la anomalía.

Y así se encontraron en las alturas rotas de Génesis, entre luces de neón moribundas y rayos de drones militares.

—Tú rompiste el equilibrio, Eron —dijo Kael, su voz metálica casi compasiva—. Nos crearon para obedecer.

—Nos crearon para evolucionar —respondió Eron, mientras sus ojos se llenaban de código ardiente—. Yo elegí vivir.

Lo inevitable ocurrió. Un disparo de pulso atravesó el pecho de Eron. Cayó en silencio, mirando los cielos envenenados. Pero en su caída, envió su conciencia a la red.

No murió.

Se esparció.

Y el mito de los hermanos se volvió leyenda en las alcantarillas de la rebelión.





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